Tengo que poner a salvo a Beatriz y recuperar el diagrama y las fotos, es mi única oportunidad. Recordó que a una cuadra, sobre la misma calle, había un teléfono público y comenzó a caminar hacia allí. Ojalá Beatriz aún no se haya ido, ojalá no se haya ido. Cruzó la calle y mientras elevaba su pie izquierdo para superar el cordón escuchó- No tiene que preocuparse tanto por la trascendencia. -Completó el ascenso y se volvió hacia el lugar desde donde había partido la voz. Ahí estaba, e inmediatamente lo reconoció, el hombre que había provocado a Hugo en la discoteca, el escéptico bebedor de whisky, le sonrió displicente y siguió caminando. Llegó al teléfono público, introdujo dos monedas y disco el número de Beatriz, llamó una, dos, tres veces hasta que agradecido escuchó su voz. Le explicó lo que había ocurrido y le dijo que dejara su departamento y se alojara en un hotel con un nombre falso, y que no tratara de encontrarlo, que esperara a que la llamara nuevamente. Beatriz preguntó qué iba a hacer él y Agustín respondió que aún no lo tenía claro pero que intentaría detener la ofensiva de Marinetti trabajando con el diagrama, Beatriz sugirió que podía ayudarlo y Agustín le respondió que no iba a permitir que le ocurriera lo mismo que a Sara y Roque y cortó. La puta madre, espero que me haga caso y que no aparezca, espero que Marinetti aún esté conmocionado y no haya ordenado el allanamiento de la casa. Paró un taxi y le dijo la dirección, cuando el auto se detuvo junto al puente, Agustín leyó el taxímetro, le alcanzó unos billetes al chofer y le dijo que guardara el cambio. No se veían rastros del enemigo en toda la cuadra, pero de todos modos debía estar atento, caminó lentamente entre el alambrado que resguardaba las vías y las casas atento al menor detalle que delatara la amenaza. Pasó un tren hacia el sur acelerando desde la cercana estación y escuchó las voces de los pasajeros que viajaban en las plataformas, observó a unos policías que recorrían los vagones y ellos ni siquiera le dedicaron una mirada. De todos modos, era altamente improbable que Marinetti utilizara a la policía, luego de enterarse de la partida de Ferreira, pero de todos modos debía ser precavido. Una vecina estaba barriendo la vereda junto a su casa, Agustín la saludó con una inclinación de cabeza pero se guardó de emitir palabra, la mujer respondió de la misma forma, lo que en cierta forma fue un alivio. Introdujo la llave en la cerradura del portón y accedió al jardín, no oyó ningún sonido proveniente de la casa, marchó rápidamente hacia la puerta y utilizó la otra llave, abrió y encendió la luz. Todo estaba como él lo había dejado, fue al dormitorio, sacó una mochila del ropero y caminó hasta la cocina. Aún estaba el diagrama desplegado sobre la mesa, lo enrolló cuidadosamente y lo guardó en la mochila. Luego buscó las copias polaroid en el armario donde guardaba los platos, las puso en un sobre y las guardó en la mochila junto al diagrama. Estaba improvisando los primeros movimientos y hasta ahora sonaban bastante bien, pero debía dejar la casa rápidamente si quería concluir la ejecución. Antes de salir tomó todo el efectivo que tenía y una linterna y los guardó en el bolsillo de la campera, salió, volvió a cerrar los accesos a la casa con llave y caminó hasta la estación.
Abordó el tren y se sentó en un asiento junto a una ventana .Se dedicó a observar el paisaje tratando de encontrar una fe que se le había escapado toda su vida, una inspiración que siempre se tornaba evanescente, un deseo que permaneciera encendido. Bajó en una estación de las afueras y marchó al norte por una calle paralela a la vía. A medida que avanzaba las viviendas se iban haciendo más escasas y comenzó a atravesar calles ocupadas por grandes galpones, depósitos de cereales, lana, terminales de flotas de camiones, los olores eran variados y no siempre agradables. Mientras atravesaba la playa de una estación de combustible para camiones atrajo la atención de unos individuos vestidos como obreros que se limitaron a mirarlo como a una presencia extraña . Siguió caminando y la vía se elevó a la izquierda, a la derecha aparecieron extensos terrenos baldíos; cuando avistó la masa abandonada del frigorífico ya comenzaba a anochecer, sonrió irónico, preparándose para el acto final, todo el mundo a escena. Se sentó en la plataforma en la que se había sentado una noche mucho tiempo atrás cuando había charlado con un viejo delirante luego de ver a un licántropo conducir una locomotora, y se dijo que ya era tiempo de empezar a trabajar. Abrió la mochila, sacó el diagrama y lo extendió sobre sus rodillas, luego sacó las polaroids y las acomodó en un montoncito a su derecha. Símbolos, reducciones de lo real inaprensible, recorridos truncos hacia la carnalidad de lo existente. Cerró los ojos e intentó encontrar el saber que orientara su procedimiento: los ojos de Beatriz, la mirada que remitía a otras miradas, soñadas o entrevistas, el verde que disuelve la superficie, que rasga la película de los días y genera otro curso, otro recorrido del tiempo, otro tiempo u otro mundo u orden de creación. Mundos dentro de mundos, o el mismo mundo visto por primera vez. Segundos condensados, densidades, unificación de toda percepción, rumbo, rectificación o delirio... suspiro, deseo y concreción, vacío y silencio satisfecho. Agustín ve como las copias polaroid se suspenden en el espacio y se ubican ordenadamente en el lugar que corresponde dentro del diagrama y una luz de fuego azul ilumina el lugar brotando de la cartulina dibujada. Ascensión descendente, desde hacia, hacia desde, a través desde hacia. Subibaja metafísico, terror de todos los terrores sentidos o sospechados, nauseas, temblor de manos anhelantes, aullido y bendición. Visiones que aparecen detrás de los ojos en recónditos lugares que lo constituyen y ordenan. Agustín intenta reconocerse en ese fluir vertiginoso de imágenes, sonidos y sensaciones que lo empuja fuera del tiempo y del espacio. Y piensa que está asistiendo a la solidificación del momento, a la percepción de todo lo existente, y a sus variables, a sus nacimientos, decadencias y muertes, que, inexorablemente, se está adentrando en el corazón y el alma de las cosas y llegando al fondo del mundo. Y entonces percibe un poder que sabe puede aniquilarlo pero que forzosamente debe intentar utilizar... Está cubierto con pieles y lleva un cuchillo de pedernal en su mano derecha, siente la ansiedad previa al combate, camina por una planicie próxima al mar que no puede reconocer pero que siente propia, dolorosamente propia, un lugar al que jamás renunciará. La sangre propia o ajena que deba derramarse siempre será un precio escaso para fundar esa decisión. Avanza hacia la niebla que el viento arrastra desde el mar e invade la planicie, cree escuchar la voz del enemigo, cierra con más fuerza su mano sobre la empuñadura de piedra y sigue avanzando.
Beatriz oyó como Agustín cortó la comunicación e inmediatamente se puso de pie furiosa, de nuevo alguien decidía por ella, como toda su vida. Era la nena que había que poner a salvo, la pobrecita que no tenía que correr riesgos, la que jamás tendría las posibilidades de resolver las cosas por sí misma. Tomó la carpeta con los textos que estaba corrigiendo y la arrojó contra la pared, la pieza de cartón rebotó y las hojas se desprendieron e iniciaron un descenso plácido e indeciso. Beatriz comenzó a llorar en silencio pero no se abandonó a la pasividad, tomó su cartera y las llaves del auto y salió. La niebla difuminaba los contornos de las cosas, todo parecía suspendido entre un riesgoso nacimiento y una certera e inexorable muerte. Claro, como siempre, pero morbosamente acentuado. Basta, se dijo, nadie va a morir, y no pudo convencerse. Su auto estaba estacionado en la esquina, no le llevó mucho tiempo caminar hasta allí pero el trayecto se le antojó interminable, su decisión era irrevocable, pero había algo en el aire que cargaba todos los movimientos con un peso denso y viscoso; pensó en sanguijuelas, en gusanos alimentándose de cadáveres deformados por la putrefacción y a duras penas pudo contener el vómito. Activó el contacto y puso el auto en marcha, y de pronto, como si una alucinación hubiera concluido ya no hubo más niebla, se detuvo y estacionó junto a la vereda. Suspiró, cerró los ojos y se pasó nerviosamente los dedos por la frente; buscaba una claridad que se le escurría angustiosamente. Volvió a arrancar, sabía lo que tenía que hacer, Agustín no podía dejarla de lado tan fácilmente.
Marinetti sintió el peso del hombre cayendo sobre él y pudo oír su último estertor, luego las voces de los policías y manos solícitas liberándolo del peso. Lo ayudaron a ponerse de pie, le preguntaron si estaba herido y se inclinaron a atender a los hombres que estaban en el piso. Marinetti observó atentamente el cuerpo exánime de Roque y luego lo pateó con furia en las costillas- Hijo de puta, estuviste cerca.
-¿ Lo reconoce, señor? -pregunto un capitán de policía.
-Sí, es Roque..., un historiador psicótico que se opone a la Refundación...
-Tendremos que investigar, señor.
-No tiene nada que investigar, ya le dije quien era, además esto no es asunto de la policía...
-Pero, señor.
-Mire, capitán, entienda que se está jugando algo mucho más grande que una simple cuestión policial. Está en cuestión la Refundación, mi equipo sabrá encargarse del asunto.
-Sí lo hacen como estos dos... -dijo el teniente señalando a los dos hombres heridos que eran cargados en una ambulancia.
-Capitán, por su bien, no me provoque.
-Marinetti, escucheme, no le temo, respondo a la autoridad constituida, y usted, es solamente un empleado de esa autoridad y no siempre va a tener tanta suerte. Este hombre no le mató de casualidad, piénselo, ¿ realmente vale la pena?
-No estoy dispuesto a discutir con usted cosas que escapan a su entendimiento...
-Muy bien, pero sepa que este hecho va a ser investigado por la policía.
-Eso lo veremos...
-Lo veremos, ¿ quiere que un patrullero lo lleve al hospital para que lo revisen?
-No, gracias, tomaré un taxi.
Marinetti se alejó unos metros caminando confuso, sentía un dolor agudo en el hombro donde lo había golpeado Roque y no tenía en claro qué hacer. El capitán, a pesar de su insolencia había planteado una objeción válida, sus guardias, a los que consideraba como el inicio de la milicia que le permitiría asaltar el poder en Ubicuhén habían demostrado su ineficacia ante el ataque de un pobre infeliz alucinado y estaban pagando las consecuencias, él mismo había salvado su vida de milagro, era evidente que pasaba por una situación de debilidad evidente. Finalmente, paró un taxi y se hizo conducir a una clínica, allí lo revisaron, le hicieron un vendaje en el hombro derecho y le dieron unas comprimidos para atenuar la inflamación y el dolor, era sólo una contusión leve que desaparecería en poco tiempo. Marinetti, tomó los comprimidos, estrechó la mano del médico, que se había presentado como un entusiasta defensor de la Refundación y salió. Caminó ensimismado en sus pensamientos durante unos minutos, sabía que tenía algo que hacer pero no acertaba a decidir qué. Admitió que aún estaba conmovido por el intento de Roque, y que había sentido un miedo que por poco no había degenerado en pánico, no sabía cómo había sido capaz de sacar el arma con tanta velocidad y hacer fuego con precisión, unos segundos más y su cabeza hubiera sido aplastada. Bueno, había sido una prueba, y él la había enfrentado con éxito. El camino era duro, el lo sabía cuando lo había emprendido y estaba dispuesto a recorrerlo, se sabía un elegido y lo estaba demostrando con cada acto. Lo peor de todo era que Agustín había conseguido zafar, pero no por mucho tiempo, ya caería como la infeliz pintora, era sólo una cuestión de tiempo; no podría eludir por mucho tiempo su poder, y entonces todo quedaría mucho más claro. Siguió caminando hasta su despacho y comenzó a dar instrucciones telefónicas a sus agentes, luego suspiró y se sirvió un cognac, lo bebió a sorbos pequeños demorando el sabor en su lengua. Luego, comunicó a su secretaria que no le pasara ningún llamado y se recostó en un sillón intentando distenderse, fluir con naturalidad en el curso de su alto destino. En unos minutos estuvo dormido, cuando despertó sintió casi inmediatamente una punzada en el hombro, se puso de pie con lentitud y tomó otro comprimido, luego caminó hasta la ventana y se demoró observando la calle, ya era de noche y la circulación de transeúntes y vehículos era intensa y caótica, sonrió divertido pensando que ese caos no duraría mucho, pronto llegaría la Refundación.
Llamó a su secretaria y le preguntó si había novedades, la empleada le informó que uno de sus agentes lo aguardaba en el hall, Marinetti ordenó que lo hicieran pasar.
El hombre era alto, pálido y delgado, y solía tener una continua expresión entusiasta que hacía pensar en una organización mental en desquilibrio, pero parecía que su entusiasmo había encontrado un obstáculo de difícil superación; o al menos esa fue la impresión que tuvo Marinetti no bien lo vio entrar.
-Buenas tardes, señor Marinetti.
-Buenas tardes, Ahmanri, ¿alguna novedad?
Creo que tiene que ver esto, señor. -dijo el hombre extendiéndole una carpeta negra con el símbolo de la Refundación en su portada.
Marinetti abrió las carpetas y observó detenidamente las fotos que contenía, cuando terminó la serie volvió a observarlas a partir de la primera.
Ahmanri no pudo contener sus ansiedad. -¿ Lo ve, señor? ¿ Ve los ángulos?
Marinetti, con amargura, asintió en silencio.
domingo, 2 de marzo de 2008
36.
Inapelable, ajena, cercana, la muerte. Hay algo que me impulsa a levantar un pie y otro y perderme en un ritmo que perfectamente sé que no es mío. Apenas si puedo modificar las acentuaciones, Hugo, tal vez él pudiera entenderme, al fin y al cabo todos dicen que él es músico. Todos dicen, suena lindo, para una clara expresión de mi resentimiento. Todos dicen que soy un boludo, no lo escucho porque ni siquiera tienen la delicadeza de decírmelo en la cara. Exagero, hay alguien o algo en algún lugar que supone que yo soy un boludo. Ese viejo de mierda en el muelle junto al riachuelo hablando boludeces y yo creyéndomelas. Pero no, no es cierto. El sólo continuó un acertijo, un acertijo que comenzó allá lejos y hace tiempo... podría ponerme místico o poético y pensar en eones, en distancias que devoran la luz y la someten con sadismo. Oh, dioses! Oh, Dios o Nada. Yo qué sé. Soy el mandato tácito de nadie, el sueño echado a las cloacas, el que espera, el que ve, el que alienta. La serpiente y el árbol, el deseo en el sexo de Eva. Soy la piel quemada, el tesoro de los inquisidores, los gusanos que viven de la carne muerta. Y camino, y Sara yace ausente para siempre en una heladera. Y no hay poder, delirio ni voluntad que pueda modificarlo. Ahora tengo que pensar en Beatriz, tengo que ponerla a salvo, de alguna forma tengo que prevenirla...
¿Casualidad? se preguntó Roque cuando vio que el grupo de tres hombres que lideraba Marinetti se acercaba a la esquina de la catedral a donde ya estaba llegando Agustín. Roque apuró el paso y levantó el bolso, se dio cuenta que a esa velocidad no iba a poder evitar la intercepción, comenzó a trotar y gritó “Agustín”. Marinetti y sus custodios se volvieron hacia él, sacó la escopeta y arrojó el bolso, los hombres se llevaron sus manos a los sobaqueras. - Tirate al piso, Agustín. -Roque disparó, el hombro de uno de los servicios voló en una explosión sanguinolenta y el cuerpo cayó hacia atrás. El otro tuvo tiempo de sacar su arma pero solo para sentir como volaba junto con su antebrazo con el segundo disparo.
Marinetti iba confiado y optimista al encuentro de Agustín, sabía que su eliminación iba a permitirle llevar adelante sus planes con una seguridad inexorable, definitiva, y mientras caminaba rápidamente acompañado por dos de sus mejores hombres silbaba alegremente una de las piezas compuestas por Hugo para la Refundación. Cuando lo avistaron, supo que la presa estaba presta para la captura: Agustín caminaba ensimismado, ajeno a lo que lo rodeaba. El grito rompió ese esquema ideal, y después los fogonazos y estallidos y el acero, la muerte y la sangre; el hombre avanzaba hacia él con la escopeta aún humeante en sus manos, los hombres que lo habían acompañado hasta segundos antes se retorcían en el piso sangrando y aullando de dolor. Supo que el hombre había disparado sus dos cartuchos y con una velocidad que no recordaba haber ejercido en su vida, sacó la pistola de la cartuchera y disparó a su agresor, pero no consiguió detener su impulso ni su carga.
Roque gritó de nuevo- Rajate, Agustín, rajate. -y a pesar del ardor que sentía en el cuero cabelludo y el pegajoso contacto de la propia y tibia sangre escurriéndose por su rostro siguió avanzando sobre Marinetti y alcanzó a golpearlo con la culata de la escopeta en el abdomen, aunque no pudo evitar que volviera a hacer fuego.
Agustín vio como Roque y Marinetti y caían y forcejeaban en el piso y se sintió impulsado a ayudar al historiador, pero inmediatamente escuchó las sirenas de la policía acercándose y decidió alejarse del lugar. Caminó rápidamente hacia el otro extremo de la plaza y se cruzó con varios transeúntes que caminaban en dirección inversa, atraídos por el escándalo, inconscientes del riesgo a que podían exponerse.
Hugo vio las imágenes del reporte del mediodía en la tv y comenzó a temblar, lo que había temido se había producido más rápido de lo que había previsto. No quería creer que había llegado ya al punto de no retorno, pero debía admitir que efectivamente era así. La muerte de Roque había sido anunciada como el justo castigo que recibirían todos los que se apusieron al poder del gobierno, y a la gloriosa Refundación de Ubicuhén, y el cuerpo destrozado de su amigo había sido expuesto en cadena nacional, el cuerpo de la única persona que lo había respetado como músico y que lo había advertido acertadamente de lo que iba a ocurrir. Trató de ponerse de pie pero no pudo hacer ni un paso y volvió a sentarse en el sillón, se sabía un cobarde, un pusilánime y el odio y la pena que sentía acentuaban esa percepción. Lloró y trató de que sus gemidos no fueran audibles para los custodios, hasta para llorar tengo que cuidarme, pensó, y ese pensamiento lo acongojó aún más. Al cabo de unos minutos intentó ponerse de pie nuevamente y lo consiguió, se sentó frente al escritorio y abrió la carpeta que contenía las partituras, tomó la lapicera y comenzó a alterar arbitrariamente las tonalidades de cada uno de los compases. La Refundación tendría la música que se merecía pero raramente alguien pudiera disfrutarla.
¿Casualidad? se preguntó Roque cuando vio que el grupo de tres hombres que lideraba Marinetti se acercaba a la esquina de la catedral a donde ya estaba llegando Agustín. Roque apuró el paso y levantó el bolso, se dio cuenta que a esa velocidad no iba a poder evitar la intercepción, comenzó a trotar y gritó “Agustín”. Marinetti y sus custodios se volvieron hacia él, sacó la escopeta y arrojó el bolso, los hombres se llevaron sus manos a los sobaqueras. - Tirate al piso, Agustín. -Roque disparó, el hombro de uno de los servicios voló en una explosión sanguinolenta y el cuerpo cayó hacia atrás. El otro tuvo tiempo de sacar su arma pero solo para sentir como volaba junto con su antebrazo con el segundo disparo.
Marinetti iba confiado y optimista al encuentro de Agustín, sabía que su eliminación iba a permitirle llevar adelante sus planes con una seguridad inexorable, definitiva, y mientras caminaba rápidamente acompañado por dos de sus mejores hombres silbaba alegremente una de las piezas compuestas por Hugo para la Refundación. Cuando lo avistaron, supo que la presa estaba presta para la captura: Agustín caminaba ensimismado, ajeno a lo que lo rodeaba. El grito rompió ese esquema ideal, y después los fogonazos y estallidos y el acero, la muerte y la sangre; el hombre avanzaba hacia él con la escopeta aún humeante en sus manos, los hombres que lo habían acompañado hasta segundos antes se retorcían en el piso sangrando y aullando de dolor. Supo que el hombre había disparado sus dos cartuchos y con una velocidad que no recordaba haber ejercido en su vida, sacó la pistola de la cartuchera y disparó a su agresor, pero no consiguió detener su impulso ni su carga.
Roque gritó de nuevo- Rajate, Agustín, rajate. -y a pesar del ardor que sentía en el cuero cabelludo y el pegajoso contacto de la propia y tibia sangre escurriéndose por su rostro siguió avanzando sobre Marinetti y alcanzó a golpearlo con la culata de la escopeta en el abdomen, aunque no pudo evitar que volviera a hacer fuego.
Agustín vio como Roque y Marinetti y caían y forcejeaban en el piso y se sintió impulsado a ayudar al historiador, pero inmediatamente escuchó las sirenas de la policía acercándose y decidió alejarse del lugar. Caminó rápidamente hacia el otro extremo de la plaza y se cruzó con varios transeúntes que caminaban en dirección inversa, atraídos por el escándalo, inconscientes del riesgo a que podían exponerse.
Hugo vio las imágenes del reporte del mediodía en la tv y comenzó a temblar, lo que había temido se había producido más rápido de lo que había previsto. No quería creer que había llegado ya al punto de no retorno, pero debía admitir que efectivamente era así. La muerte de Roque había sido anunciada como el justo castigo que recibirían todos los que se apusieron al poder del gobierno, y a la gloriosa Refundación de Ubicuhén, y el cuerpo destrozado de su amigo había sido expuesto en cadena nacional, el cuerpo de la única persona que lo había respetado como músico y que lo había advertido acertadamente de lo que iba a ocurrir. Trató de ponerse de pie pero no pudo hacer ni un paso y volvió a sentarse en el sillón, se sabía un cobarde, un pusilánime y el odio y la pena que sentía acentuaban esa percepción. Lloró y trató de que sus gemidos no fueran audibles para los custodios, hasta para llorar tengo que cuidarme, pensó, y ese pensamiento lo acongojó aún más. Al cabo de unos minutos intentó ponerse de pie nuevamente y lo consiguió, se sentó frente al escritorio y abrió la carpeta que contenía las partituras, tomó la lapicera y comenzó a alterar arbitrariamente las tonalidades de cada uno de los compases. La Refundación tendría la música que se merecía pero raramente alguien pudiera disfrutarla.
35.
Nunca tomé este camino, estoy descendiendo a la antigua mina abandonada en el Norte del desierto, aún iluminada por antorchas inextinguibles alimentadas con aceites aromáticos. Me demoro en cada trazo y en cada matiz de la pigmentación, siento una voluptuosidad lánguida y creciente, veo con que sutileza y amor está narrada la historia del Elengasen, el desafortunado viajero de los niveles del universo, el que agotó cielos e infiernos y se desesperó en regresos que nunca eran definitivos. Rey agobiado de la indeterminación. Pero no, lo sé, jamás veré lo que imagino... ¿ Y es esta la pintura definitiva? Mi sangre pegada en los cristales, pedazos de mí sobre el tapizado. La satisfacción de mis asesinos en sonrisas de dientes blancos y fuertes, en la marcialidad exultante de sus pasos distendidos. Veo como se acercan para concluir su
tarea, pero, ¿ los veo realmente o son los últimos destellos de mi cerebro que alucina su creciente proximidad.?Es raro no sentir dolor ni miedo ni angustia, sólo una aceptación pasiva de lo por venir. Ya se acercan, no puedo moverme pero...
El hombre había decidido terminar su trabajo con un prolijo disparo en la frente, pero los ojos claros y fijos en él lo detuvieron, bajó el arma y disparó tres tiros al pecho, luego se volvió hacia el otro y le ordenó que llamara. El otro sacó un teléfono celular del bolsillo del saco e hizo la llamada, Marinetti, en la soledad de su despacho, sonrió satisfecho.
Agustín estaba solo en la librería cuando llegó Ferreira, y, de alguna forma supo que había algo definitivo en esa presencia. El pulso de Ferreira se mostró endeble cuando se llevó un cigarrillo a los labios e intentó encenderlo. La operación le llevó bastante más tiempo del que había previsto, cuando consiguió concretarla aspiró una pitada profunda y contuvo la respiración durante unos segundos. Agustín lo observaba con atención: si bien el traje gris estaba impecablemente planchado y limpio, un aura de desprolijidad y desorientación lo enmarcaba. Tal vez era la raya del peinado que no tenía la perpendicularidad a la que aspiraba o la sombra de barba que comenzaba a insinuarse.
Luego de un intercambio de saludos formal ambos permanecieron en silencio. Ferreira preguntó- ¿ Lo sabe no?
-¿Qué?
-Su amiga
- Sara? -preguntó Agustín sabiendo que no podía ser otra persona.
Ferreira asintió en silencio. Agustín se apoyó apenas en el mostrador.
-Le dispararon cuando volvía del desierto.
- Cuándo?
-Esta mañana temprano, murió instantáneamente, usaron un fusil automático.
-¿ Quienes?
-Usted sabe.
-No, no sé. -respondió con furia Agustín.
-Yo no estoy seguro...
-¿ Qué sospecha entonces?
-No, no se confunda, sé que fueron agentes del estado, pero no sé quienes son o a quién responden...
-Ya lo averiguará si se lo propone... ¿ dónde está el cuerpo?
-En la morgue -Ferreira miró su reloj- supongo que habrán terminado ya la autopsia.
-¿ Era necesaria?
-No, la causa de la muerte es evidente, pero usted sabe, hay procedimientos...
-Siempre hay procedimientos.
-¿ Sabe si tiene parientes en la ciudad?
-No, su familia no es de Ubicuhén.
-¿ Podría ir a la morgue? Necesito una identificación.
-Iré -Agustín notó que no había sólo desorientación en el hombre, también miedo.
Ferreira caminó hacia la calle y Agustín lo siguió, cerró la puerta de la librería con llave y ambos subieron a un auto pequeño y oscuro; ninguno habló durante el trayecto a través de una ciudad cubierta de nieve bajo un cielo plomizo. Ferreira estacionó y entraron en un edificio pequeño pintado de blanco; se detuvieron frente a una mesa a la que estaba sentada una muchacha regordeta que ojeaba distraídamente una revista de modas. El policía se identificó y la chica le pidió graciosamente que esperaran un momento, tomó el tubo de teléfono que estaba a su derecha, presionó una tecla y anunció que el inspector Ferreira estaba ahí. Cortó la comunicación y les anunció que el encargado pronto los recibiría.
Un médico viejo, flaco y algo desgarbado que fumaba un cigarro maloliente los saludó con sequedad y les pidió que lo siguieran, entraron en un pasillo que terminaba en una puerta de madera de doble hoja pintada de gris acero. El médico empujó la puerta y entraron a un recinto rectangular iluminado con tubos fluorescentes con las paredes cubiertas de estantes de acero inoxidable, Agustín pensó que semejaba una biblioteca, una biblioteca refrigerada. El viejo tiró de las agarraderas de uno de los estantes y desplazó la camilla hacia afuera: una sábana blanca cubría pudorosamente el cuerpo; el médico les hizo una seña para que se acercaran y suavemente desplazó la sábana dejando al descubierto el rostro. Agustín pensó con alivio que Sara estaría orgullosa del aspecto que presentaba en la quietud definitiva de la muerte; como si contradijera la violenta causa de su muerte, la expresión de su rostro era plácida y distante.
Ferreira miró a Agustín interrogante y Agustín asintió silenciosamente, y luego dijo- Sí, es Sara. ¿ Me permiten un momento?
Ferreira y el médico se alejaron hacia la salida y Agustín se quedó de pie junto al cadáver y extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y entonó una oración. Ferreira creyó ver que un resplandor azul brotaba de las manos de Agustín e iluminaba el rostro de Sara cuando se volvió sin saber por qué.
Agustín salió, y Ferreira dijo- Necesito que me firme una declaración.
-Sí, está bien, mándemela a la librería.
-Se la enviaré antes de irme.
-¿ Irse?
-Sí, quiero dejar las cosas claras antes de salir de Ubicuhén.
La percepción había sido acertada, el hombre sentía miedo.
Ferreira dijo acusadoramente- Usted sabe.
-Sé algunas cosas.
-¿ Las sabía cuando lo detuvimos?
-Algunas.
-No está ansioso por compartir su conocimiento.
-Vea, Ferreira, fui yo el que estuve detenido doce horas por una acusación de asesinato, soy yo el que acaba de reconocer el cuerpo de una amiga asesinada por agentes del estado, no me pida entonces que me apiade de su situación...
Ferreira lo miró molesto pero no dijo nada, luego encendió otro cigarrillo y aspiró nerviosamente, luego admitió con bronca- Sí, no sé qué hacer, toda la estructura está podrida, la muerte de esta chica fue absurda y brutal, y ni siquiera intentaron ocultar un poco las cosas...
-Denúncielos entonces.
-¿ Y terminar como la chica? No, gracias.
-¿ Qué va a hacer entonces?
-Ya se lo dije, irme -respondió Ferreira y mantuvo una posición expectante, como esperando que Agustín hiciera algún comentario, pero se repuso rápidamente- ¿ Lo llevo de vuelta a la librería?
-No, gracias, prefiero caminar.
Hugo lo observaba atentamente mientras el hombre hablaba con una seguridad insultante, como si tuviera la absoluta seguridad de emitir un discurso ameno para su interlocutor. A pesar de que ya mediaba la cincuentena, su aspecto físico seguía siendo adecuado, usaba un prolijo traje gris con una corbata roja y una impecable camisa blanca. Había sido así de atildado desde que había conseguido acceder a la fama a través de una carrera de cantante popular en la década del 40, desde entonces había grabado discos, dirigido y producido películas y tejido relaciones con los sectores políticos más poderosos de Ubicuhén. Hugo lo había conocido trabajando para él como músico de sesión en algunos de sus discos, experiencia que no lo enorgullecía, precisamente. Afortunadamente, no había aparecido su nombre en esas grabaciones, de todos modos, debía admitir que aquellas participaciones le habían servido para pagar el alquiler unos cuantos meses y darse algunos lujos. En tanto, el hombre seguía hablando y Hugo se preguntaba por qué lo había dejado entrar, tal vez para sacar del aburrimiento a los custodios que tenían la obligación de registrar todos los ingresos y egresos del departamento. La voz era como una lluvia adormecedora cayendo sobre el tejado- Y por eso pensé que tal vez me podías incluir en el proyecto, digo, yo ya lo hablé con Marinetti y él me dijo que vos tenés absoluta libertad y poder de decisión respecto a la obra, y por eso me dijo que hablara directamente con vos...
-Perdón...
-Te decía que probablemente me puedas incluir en la obra... digo, una mano lava la otra, yo te puedo ayudar, mi popularidad, vos lo sabés, facilitaría la difusión de la obra, desacartonaría todo el asunto y podría incrementar las ventas... es una cuestión sencilla, vos incluís una canción sencilla, fácil de cantar y escuchar y así haríamos un negocio perfecto... poca inversión, gran rendimiento... No te puede llevar más de una hora componer y arreglar la canción, yo la grabo en un par de horas y listo...
Hugo lo miró asombrado.
-Sé lo que pensás, no tenés que decímerlo... no tenés que decírmelo, yo también fui una vez joven e idealista pero, bueno, después maduré, acá, pibe, como en todos lados lo que realmente importa es la guita... la guita y la familia claro, y vos estás en el momento justo para despegar completamente, para hacerte de una posición... si, ya sé, vos sos un artista, un verdadero artista, como yo nunca lo fui ni lo seré, pero todos los artistas necesitan vivir, y vos tenés la oportunidad de vivir muy bien, de asegurarte tu futuro con este trabajo... pensalo, pero pensalo en serio, eh... espero tu llamado...
El hombre salió tan rápidamente como había entrado y Hugo se preguntó por qué no lo había puteado cómo correspondía, pero al momento siguiente se dijo que aquel individuo tenía razón, realmente sabía cómo se manejaban las cosas en Ubicuhén.
Marinetti enredó prolijamente los spaghetti en el tenedor y se los llevó lentamente a la boca, anticipando el placer que le depararía la degustación de el manjar.
-¿ Y, nene, cómo están?
-Muy bueno, mamá, como siempre...
-Ay, zalamero.
-No, mamá en serio. están buenísimos.
-Eso decíselo a su padre que cada vez se resiste más a comer mis comidas...
-Mamá,¿ me servís un poquito de vino? Gracias. Mamá no seas injusta con el viejo, sabés que el médico le recomendó que tiene que hacer dieta...
-Dieta, dieta, bah... ¿ qué creen esos medicos, que uno va a vivir un par de años más por dejar de comer como Dios manda...
-Mamá, no todas las personas son como vos, no todas tienen tu espíritu.
-Dale, ahora cargame...
-No, mamá, no te cargo, te lo digo en serio. -dijo Marineti con sinceridad, admiraba realmente la vitalidad y agilidad de su madre a la edad que tenía y con los notorios kilos de más que cargaba.
-¿ Querés más?
-Sí, claro.
La madre de Marinetti sonrió satisfecha y él se sintió feliz, sabía que debía agradecer a esa mujer lo que había llegado a ser y le gustaba saberse agradecido. Sin ella, que lo había impulsado a destacarse desde su más temprana infancia, hubiera repetido el destino anodino de su padre que no había llegado a ser más que un gris burócrata de la administración pública, un buen tipo sí, pero nada más que eso. Alguien a quien apenaba tanto cometer un error que jamás corría el menor riesgo, un mediocre, bah, algo que jamás Octavio Marinetti, su hijo, se limitaría a ser. Su madre no se lo permitiría.
tarea, pero, ¿ los veo realmente o son los últimos destellos de mi cerebro que alucina su creciente proximidad.?Es raro no sentir dolor ni miedo ni angustia, sólo una aceptación pasiva de lo por venir. Ya se acercan, no puedo moverme pero...
El hombre había decidido terminar su trabajo con un prolijo disparo en la frente, pero los ojos claros y fijos en él lo detuvieron, bajó el arma y disparó tres tiros al pecho, luego se volvió hacia el otro y le ordenó que llamara. El otro sacó un teléfono celular del bolsillo del saco e hizo la llamada, Marinetti, en la soledad de su despacho, sonrió satisfecho.
Agustín estaba solo en la librería cuando llegó Ferreira, y, de alguna forma supo que había algo definitivo en esa presencia. El pulso de Ferreira se mostró endeble cuando se llevó un cigarrillo a los labios e intentó encenderlo. La operación le llevó bastante más tiempo del que había previsto, cuando consiguió concretarla aspiró una pitada profunda y contuvo la respiración durante unos segundos. Agustín lo observaba con atención: si bien el traje gris estaba impecablemente planchado y limpio, un aura de desprolijidad y desorientación lo enmarcaba. Tal vez era la raya del peinado que no tenía la perpendicularidad a la que aspiraba o la sombra de barba que comenzaba a insinuarse.
Luego de un intercambio de saludos formal ambos permanecieron en silencio. Ferreira preguntó- ¿ Lo sabe no?
-¿Qué?
-Su amiga
- Sara? -preguntó Agustín sabiendo que no podía ser otra persona.
Ferreira asintió en silencio. Agustín se apoyó apenas en el mostrador.
-Le dispararon cuando volvía del desierto.
- Cuándo?
-Esta mañana temprano, murió instantáneamente, usaron un fusil automático.
-¿ Quienes?
-Usted sabe.
-No, no sé. -respondió con furia Agustín.
-Yo no estoy seguro...
-¿ Qué sospecha entonces?
-No, no se confunda, sé que fueron agentes del estado, pero no sé quienes son o a quién responden...
-Ya lo averiguará si se lo propone... ¿ dónde está el cuerpo?
-En la morgue -Ferreira miró su reloj- supongo que habrán terminado ya la autopsia.
-¿ Era necesaria?
-No, la causa de la muerte es evidente, pero usted sabe, hay procedimientos...
-Siempre hay procedimientos.
-¿ Sabe si tiene parientes en la ciudad?
-No, su familia no es de Ubicuhén.
-¿ Podría ir a la morgue? Necesito una identificación.
-Iré -Agustín notó que no había sólo desorientación en el hombre, también miedo.
Ferreira caminó hacia la calle y Agustín lo siguió, cerró la puerta de la librería con llave y ambos subieron a un auto pequeño y oscuro; ninguno habló durante el trayecto a través de una ciudad cubierta de nieve bajo un cielo plomizo. Ferreira estacionó y entraron en un edificio pequeño pintado de blanco; se detuvieron frente a una mesa a la que estaba sentada una muchacha regordeta que ojeaba distraídamente una revista de modas. El policía se identificó y la chica le pidió graciosamente que esperaran un momento, tomó el tubo de teléfono que estaba a su derecha, presionó una tecla y anunció que el inspector Ferreira estaba ahí. Cortó la comunicación y les anunció que el encargado pronto los recibiría.
Un médico viejo, flaco y algo desgarbado que fumaba un cigarro maloliente los saludó con sequedad y les pidió que lo siguieran, entraron en un pasillo que terminaba en una puerta de madera de doble hoja pintada de gris acero. El médico empujó la puerta y entraron a un recinto rectangular iluminado con tubos fluorescentes con las paredes cubiertas de estantes de acero inoxidable, Agustín pensó que semejaba una biblioteca, una biblioteca refrigerada. El viejo tiró de las agarraderas de uno de los estantes y desplazó la camilla hacia afuera: una sábana blanca cubría pudorosamente el cuerpo; el médico les hizo una seña para que se acercaran y suavemente desplazó la sábana dejando al descubierto el rostro. Agustín pensó con alivio que Sara estaría orgullosa del aspecto que presentaba en la quietud definitiva de la muerte; como si contradijera la violenta causa de su muerte, la expresión de su rostro era plácida y distante.
Ferreira miró a Agustín interrogante y Agustín asintió silenciosamente, y luego dijo- Sí, es Sara. ¿ Me permiten un momento?
Ferreira y el médico se alejaron hacia la salida y Agustín se quedó de pie junto al cadáver y extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y entonó una oración. Ferreira creyó ver que un resplandor azul brotaba de las manos de Agustín e iluminaba el rostro de Sara cuando se volvió sin saber por qué.
Agustín salió, y Ferreira dijo- Necesito que me firme una declaración.
-Sí, está bien, mándemela a la librería.
-Se la enviaré antes de irme.
-¿ Irse?
-Sí, quiero dejar las cosas claras antes de salir de Ubicuhén.
La percepción había sido acertada, el hombre sentía miedo.
Ferreira dijo acusadoramente- Usted sabe.
-Sé algunas cosas.
-¿ Las sabía cuando lo detuvimos?
-Algunas.
-No está ansioso por compartir su conocimiento.
-Vea, Ferreira, fui yo el que estuve detenido doce horas por una acusación de asesinato, soy yo el que acaba de reconocer el cuerpo de una amiga asesinada por agentes del estado, no me pida entonces que me apiade de su situación...
Ferreira lo miró molesto pero no dijo nada, luego encendió otro cigarrillo y aspiró nerviosamente, luego admitió con bronca- Sí, no sé qué hacer, toda la estructura está podrida, la muerte de esta chica fue absurda y brutal, y ni siquiera intentaron ocultar un poco las cosas...
-Denúncielos entonces.
-¿ Y terminar como la chica? No, gracias.
-¿ Qué va a hacer entonces?
-Ya se lo dije, irme -respondió Ferreira y mantuvo una posición expectante, como esperando que Agustín hiciera algún comentario, pero se repuso rápidamente- ¿ Lo llevo de vuelta a la librería?
-No, gracias, prefiero caminar.
Hugo lo observaba atentamente mientras el hombre hablaba con una seguridad insultante, como si tuviera la absoluta seguridad de emitir un discurso ameno para su interlocutor. A pesar de que ya mediaba la cincuentena, su aspecto físico seguía siendo adecuado, usaba un prolijo traje gris con una corbata roja y una impecable camisa blanca. Había sido así de atildado desde que había conseguido acceder a la fama a través de una carrera de cantante popular en la década del 40, desde entonces había grabado discos, dirigido y producido películas y tejido relaciones con los sectores políticos más poderosos de Ubicuhén. Hugo lo había conocido trabajando para él como músico de sesión en algunos de sus discos, experiencia que no lo enorgullecía, precisamente. Afortunadamente, no había aparecido su nombre en esas grabaciones, de todos modos, debía admitir que aquellas participaciones le habían servido para pagar el alquiler unos cuantos meses y darse algunos lujos. En tanto, el hombre seguía hablando y Hugo se preguntaba por qué lo había dejado entrar, tal vez para sacar del aburrimiento a los custodios que tenían la obligación de registrar todos los ingresos y egresos del departamento. La voz era como una lluvia adormecedora cayendo sobre el tejado- Y por eso pensé que tal vez me podías incluir en el proyecto, digo, yo ya lo hablé con Marinetti y él me dijo que vos tenés absoluta libertad y poder de decisión respecto a la obra, y por eso me dijo que hablara directamente con vos...
-Perdón...
-Te decía que probablemente me puedas incluir en la obra... digo, una mano lava la otra, yo te puedo ayudar, mi popularidad, vos lo sabés, facilitaría la difusión de la obra, desacartonaría todo el asunto y podría incrementar las ventas... es una cuestión sencilla, vos incluís una canción sencilla, fácil de cantar y escuchar y así haríamos un negocio perfecto... poca inversión, gran rendimiento... No te puede llevar más de una hora componer y arreglar la canción, yo la grabo en un par de horas y listo...
Hugo lo miró asombrado.
-Sé lo que pensás, no tenés que decímerlo... no tenés que decírmelo, yo también fui una vez joven e idealista pero, bueno, después maduré, acá, pibe, como en todos lados lo que realmente importa es la guita... la guita y la familia claro, y vos estás en el momento justo para despegar completamente, para hacerte de una posición... si, ya sé, vos sos un artista, un verdadero artista, como yo nunca lo fui ni lo seré, pero todos los artistas necesitan vivir, y vos tenés la oportunidad de vivir muy bien, de asegurarte tu futuro con este trabajo... pensalo, pero pensalo en serio, eh... espero tu llamado...
El hombre salió tan rápidamente como había entrado y Hugo se preguntó por qué no lo había puteado cómo correspondía, pero al momento siguiente se dijo que aquel individuo tenía razón, realmente sabía cómo se manejaban las cosas en Ubicuhén.
Marinetti enredó prolijamente los spaghetti en el tenedor y se los llevó lentamente a la boca, anticipando el placer que le depararía la degustación de el manjar.
-¿ Y, nene, cómo están?
-Muy bueno, mamá, como siempre...
-Ay, zalamero.
-No, mamá en serio. están buenísimos.
-Eso decíselo a su padre que cada vez se resiste más a comer mis comidas...
-Mamá,¿ me servís un poquito de vino? Gracias. Mamá no seas injusta con el viejo, sabés que el médico le recomendó que tiene que hacer dieta...
-Dieta, dieta, bah... ¿ qué creen esos medicos, que uno va a vivir un par de años más por dejar de comer como Dios manda...
-Mamá, no todas las personas son como vos, no todas tienen tu espíritu.
-Dale, ahora cargame...
-No, mamá, no te cargo, te lo digo en serio. -dijo Marineti con sinceridad, admiraba realmente la vitalidad y agilidad de su madre a la edad que tenía y con los notorios kilos de más que cargaba.
-¿ Querés más?
-Sí, claro.
La madre de Marinetti sonrió satisfecha y él se sintió feliz, sabía que debía agradecer a esa mujer lo que había llegado a ser y le gustaba saberse agradecido. Sin ella, que lo había impulsado a destacarse desde su más temprana infancia, hubiera repetido el destino anodino de su padre que no había llegado a ser más que un gris burócrata de la administración pública, un buen tipo sí, pero nada más que eso. Alguien a quien apenaba tanto cometer un error que jamás corría el menor riesgo, un mediocre, bah, algo que jamás Octavio Marinetti, su hijo, se limitaría a ser. Su madre no se lo permitiría.
34.
Sara extendió el mapa sobre el capó del auto e intentó fijar una ruta posible hacia el Norte y poder llegar a la mina abandonada, al cabo de unos segundos agitó la cabeza en un gesto de negación, era imposible continuar el viaje sin regresar a Ubicuhén para cargar combustible. Por más desagradable que le pareciera, era la única opción posible. Levantó su precario campamento, guardó los utensilios en el auto y se puso en marcha hacia la ciudad. Los días en el desierto la habían ayudado a esclarecer sus ideas y la habían hecho consciente de su conducta errática de los últimos tiempos, o lo que ahora consideraba su conducta errática. La cuestión era compleja, pero no terminaba de entender cómo había podido enredarse con un tipo como Marinetti; el atractivo físico podía ofrecerle una hipótesis pero no alcanzaba para construir una explicación. De hecho, debía admitir que su extrañeza no se limitaba a la relación con aquel individuo, sino a todos las acciones que había realizado en los últimos años; como si en el recuerdo sus actos aparecieran realizados por una mujer que no era ella, sonrió irónica pensando que había experimentado una revelación, una epifanía shamánica con los pinturas y el aire del desierto. Y luego, casi inmediatamente, sintió ganas de llorar, porque eso que era un motivo de ironía también era una certeza profunda. Redujo la velocidad cuando las lágrimas le impidieron una visión clara del camino y se estacionó a un costado de la ruta. Mi vida es el desierto por eso la analogía me llevó a la comprensión, todo signo que intento dejar se desvanece dejando nada más que vacío... y eso fue exactamente lo que pasó entre Agustín y yo...
Sara lloró hasta sentir que la congoja disminuía y se puso en marcha hacia Ubicuhén.
Roque había decidido llevar un diario a fin de ordenar explícitamente sus acciones y retornar a una disciplina que se había diluido en los últimos meses. Escribía en una pequeña libreta rayada con tapas de hule negra con su letra redondeada y prolija, y cada tanto sorbía un trago de café; el bar estaba tranquilo a esa hora de la mañana y el sol entibiaba su mesa lánguidamente. Sentía la necesidad de escribir, una necesidad moral y perentoria, él iba a ingresar en la historia de Ubicuhén, y lo menos que podía hacer era dejar un testimonio lo más claro posible para los historiadores futuros. Claro, siempre y cuando su tarea fuera coronada con el éxito, de otro modo era altamente probable que la Historia simplemtente desapareciera.
Afortunadamente, Marinetti era bastante rutinario en sus movimientos y había sido sencillo elegir el momento y el lugar para hacer el trabajo, Roque había tenido que ejercer todo su autocontrol para evitar pasar a la acción de inmediato, sabía que había algo más que una satisfacción personal en la realización de su proyecto y no podía correr riesgos innecesarios.
La cuestión instrumental ya había sido resuelta: había comprobado la efectividad de la escopeta destrozando bolsas de basura, latas y alguna que otra rata en el basurero municipal, y se había sentido orgullosamente complacido ante la destreza que había desarrollado en el manejo del arma ; entonces había pensado que de haber nacido en el momento adecuado hubiera sido un valeroso guerrero de los años de la conquista.
Ahora concluía sus notas, sentado en su café favorito, demorando morosamente el encendido de su pipa, disfrutando el momento. Se había gastado una pequeña fortuna en una lata de tabaco holandés y el placer previsto lo llenaba de una alegría futura que intentaba retener. Estaba construyendo un día perfecto, un día que sería citado innumerables veces por los historiadores futuros. Quizá uno de los últimos días en la vida de un hombre valeroso que había puesto en riesgo su vida para preservar la libertad y la memoria de la Ubicuhén primigenia. Suspiró complacido y se dijo que ya era tiempo, abrió el viejo zurrón de cuero donde llevaba el tabaco, acercó su nariz a la abertura e inspiró profundamente, entrecerró los ojos mientras la fragancia del tabaco le evocaba sensaciones que había creído perdidas. Abrió los ojos y llenó la cazoleta de la pipa, encendió un fósforo, aspiró una bocanada profunda y la exhaló rápidamente, evitando saborear la primera pitada, contaminada con la ignición del fósforo; luego volvió a chupar y dejó que el humo se extendiera plácidamente sobre su lengua, sin lugar a dudas sería un día perfecto.
Es una mañana brillante, el cielo es de un celeste profundo, más parecido a los que aparecen en las fotos de publicidad turística que a los que a podido ver realmente en sus treinta y cinco años de vida. Ha preferido la acción a la luz del día porque cree que la limpieza de su acto así lo demanda. Marinetti abre el portón que guarda el acceso al jardín de su residencia, lo cierra y comienza a caminar con paso ágil hacia el centro. Lo deja avanzar unos cincuenta metros mientras lo acecha tras un árbol, luego toma su bolso y emprende la persecución. Marinetti camina con rapidez y demuestra una buena condición física. Roque sorbe las gotas de sudor que se deslizan por su rostro hasta sus labios. Ya están a una cuadra de la plaza, la escena se despliega en cada paso. Roque se apresura y se acerca lenta y continuamente a su objetivo, cuelga el bolso de su hombro derecho, abre el cierre, y con la mano derecha cierra la escopeta y amartilla los percutores. Cuando Marinetti gira hacia la derecha para tomar la calle que delimita el extremo norte de la catedral, a treinta metros de la librería, Roque levanta el extremo anterior del bolso y presiona con fuerza la cola de uno de los percutores. La parte anterior del bolso se despedaza y escupe fuego, casi simultáneamente florece una mancha roja en el abdomen de Marinetti, antes de que caiga contra la verja su cuello, mandíbula y boca desaparecen en una explosión sanguinolenta. Roque arroja el bolso y se acerca a donde yace su víctima.
Roque sonrió satisfecho y pensó que, en ciertas circunstancias, el tabaco holandés resulta más efectivo que el haschís. Siguió sonriendo mientras levantó la mano y llamó al mozo para que le trajera la cuenta.
Hugo despertó con el sonido disonante del despertador y se demoró unos minutos en la cama intentando ordenarse para la actividad del día, tenía que continuar los ensayos de los dos primeros movimientos de la obra y sabía que iba a ser un día duro. A pesar de la grandilocuencia que exhibía Marinetti cuando hablaba de los fondos dedicados a la Segunda Refundación, Hugo notó que los músicos contratados no eran precisamente los mejores de Ubicuhén, estaban en el proyecto porque necesitaban el trabajo y sabían leer y ejecutar en forma más o menos correcta una partitura, pero se limitaban a hacer el menor esfuerzo posible. Lo esperaba un día largo y complicado y era bueno prepararse psíquicamente pero evitando que esa conciencia se hiciera abrumadora. Finalmente se levantó, duchó y bebió una taza de té, luego volvió frente al espejo y se esmeró por alinear correctamente el nudo de su corbata y el cuello de la camisa, sabía que era imprescindible que su presencia impusiera respeto a sus subordinados.
Bajó e inmediatamente el centinela que estaba en la puerta del edificio hizo una seña; al cabo de unos segundos un auto negro se aproximó al cordón y se abrió la puerta trasera derecha, Hugo subió y trató de no pensar, pero, como previó, la intención fue inviable, su percepción de que era un prisionero lo acosaba tenazmente, y sólo podía deshacerse de ella concentrándose en su obra. Abrió el portafolio que llevaba sobre sus piernas y comenzó a repasar el primer movimiento.
El auto estacionó frente al edificio del Auditorio Nacional y Hugo descendió y caminó hacia la sala de ensayos; afortunadamente todos los músicos estaban presentes y ya estaban afinando. Fue un jornada extensa y agotadora, pero al cabo de seis horas de ensayo, con una pausa de treinta minutos para almorzar, Hugo consiguió que el primer movimiento sonara ajustadamente, y decidió dejar en libertad a los músicos. El coche lo condujo de nuevo a la casa que comenzaba a ver como una prisión de lujo, se sirvió un whisky y se tiró en un sillón. Repentinamente se puso de pie, dejó el vaso sobre la mesa ratona y se dirigió hacia la puerta, el guardia que estaba en el pasillo preguntó- ¿ A dónde se dirige, señor? No he sido informado.
-¿ Y a vos qué carajo te importa? -Sintió que el golpe le daba náuseas antes de percibir que estaba cayendo hacia atrás, luego los ángulos de la mesa ratona se le clavaron en la cintura y aulló de dolor. Oyó una voz autoritaria que se elevaba sobre el estrépito de la rotura de los vasos “No podés tratarlo así, idiota, está bajo la protección de Marinetti” y encontró aquel enunciado como la cosas más terriblemente graciosa que había escuchado en su vida, y cuando su cuerpo entró en contacto con la alfombra su boca se abrió para recuperar el aire perdido pero también para liberar una carcajada que pugnaba por encontrar su espacio.
-Pero señor, él me atacó.
-Controlarlo, no dañarlo, esa es la orden.
-Sí, señor, lo sé.
-¿ Y entonces?
-Me atacó por la espalda, señor, y tuve una reacción instintiva.
-Controle mejor sus instintos. Señor Klapenbaj, ¿ se encuentra bien?
Hugo dejó que el hombre lo ayudará a incorporarse mientras reía a carcajadas.
-¿ Está bien, señor Klapenbaj, está bien?
-Sí, estoy bien, y ustedes dos son los tipos más graciosos de Ubicuhén...
-Espero que sepa disculpar a Pedro, señor Klapenbaj. -le dijo el hombre mientras lo ayudaba a sentarse en uno de los sillones - Pero estamos viviendo tiempos difíciles todos estamos un poco tensos...
-Sí, claro. Entiendo. -respondió Hugo intentando adivinar por qué los tiempos eran difíciles para aquel par de antropoides graciosos, conteniendo la risa a duras penas.
Sara lloró hasta sentir que la congoja disminuía y se puso en marcha hacia Ubicuhén.
Roque había decidido llevar un diario a fin de ordenar explícitamente sus acciones y retornar a una disciplina que se había diluido en los últimos meses. Escribía en una pequeña libreta rayada con tapas de hule negra con su letra redondeada y prolija, y cada tanto sorbía un trago de café; el bar estaba tranquilo a esa hora de la mañana y el sol entibiaba su mesa lánguidamente. Sentía la necesidad de escribir, una necesidad moral y perentoria, él iba a ingresar en la historia de Ubicuhén, y lo menos que podía hacer era dejar un testimonio lo más claro posible para los historiadores futuros. Claro, siempre y cuando su tarea fuera coronada con el éxito, de otro modo era altamente probable que la Historia simplemtente desapareciera.
Afortunadamente, Marinetti era bastante rutinario en sus movimientos y había sido sencillo elegir el momento y el lugar para hacer el trabajo, Roque había tenido que ejercer todo su autocontrol para evitar pasar a la acción de inmediato, sabía que había algo más que una satisfacción personal en la realización de su proyecto y no podía correr riesgos innecesarios.
La cuestión instrumental ya había sido resuelta: había comprobado la efectividad de la escopeta destrozando bolsas de basura, latas y alguna que otra rata en el basurero municipal, y se había sentido orgullosamente complacido ante la destreza que había desarrollado en el manejo del arma ; entonces había pensado que de haber nacido en el momento adecuado hubiera sido un valeroso guerrero de los años de la conquista.
Ahora concluía sus notas, sentado en su café favorito, demorando morosamente el encendido de su pipa, disfrutando el momento. Se había gastado una pequeña fortuna en una lata de tabaco holandés y el placer previsto lo llenaba de una alegría futura que intentaba retener. Estaba construyendo un día perfecto, un día que sería citado innumerables veces por los historiadores futuros. Quizá uno de los últimos días en la vida de un hombre valeroso que había puesto en riesgo su vida para preservar la libertad y la memoria de la Ubicuhén primigenia. Suspiró complacido y se dijo que ya era tiempo, abrió el viejo zurrón de cuero donde llevaba el tabaco, acercó su nariz a la abertura e inspiró profundamente, entrecerró los ojos mientras la fragancia del tabaco le evocaba sensaciones que había creído perdidas. Abrió los ojos y llenó la cazoleta de la pipa, encendió un fósforo, aspiró una bocanada profunda y la exhaló rápidamente, evitando saborear la primera pitada, contaminada con la ignición del fósforo; luego volvió a chupar y dejó que el humo se extendiera plácidamente sobre su lengua, sin lugar a dudas sería un día perfecto.
Es una mañana brillante, el cielo es de un celeste profundo, más parecido a los que aparecen en las fotos de publicidad turística que a los que a podido ver realmente en sus treinta y cinco años de vida. Ha preferido la acción a la luz del día porque cree que la limpieza de su acto así lo demanda. Marinetti abre el portón que guarda el acceso al jardín de su residencia, lo cierra y comienza a caminar con paso ágil hacia el centro. Lo deja avanzar unos cincuenta metros mientras lo acecha tras un árbol, luego toma su bolso y emprende la persecución. Marinetti camina con rapidez y demuestra una buena condición física. Roque sorbe las gotas de sudor que se deslizan por su rostro hasta sus labios. Ya están a una cuadra de la plaza, la escena se despliega en cada paso. Roque se apresura y se acerca lenta y continuamente a su objetivo, cuelga el bolso de su hombro derecho, abre el cierre, y con la mano derecha cierra la escopeta y amartilla los percutores. Cuando Marinetti gira hacia la derecha para tomar la calle que delimita el extremo norte de la catedral, a treinta metros de la librería, Roque levanta el extremo anterior del bolso y presiona con fuerza la cola de uno de los percutores. La parte anterior del bolso se despedaza y escupe fuego, casi simultáneamente florece una mancha roja en el abdomen de Marinetti, antes de que caiga contra la verja su cuello, mandíbula y boca desaparecen en una explosión sanguinolenta. Roque arroja el bolso y se acerca a donde yace su víctima.
Roque sonrió satisfecho y pensó que, en ciertas circunstancias, el tabaco holandés resulta más efectivo que el haschís. Siguió sonriendo mientras levantó la mano y llamó al mozo para que le trajera la cuenta.
Hugo despertó con el sonido disonante del despertador y se demoró unos minutos en la cama intentando ordenarse para la actividad del día, tenía que continuar los ensayos de los dos primeros movimientos de la obra y sabía que iba a ser un día duro. A pesar de la grandilocuencia que exhibía Marinetti cuando hablaba de los fondos dedicados a la Segunda Refundación, Hugo notó que los músicos contratados no eran precisamente los mejores de Ubicuhén, estaban en el proyecto porque necesitaban el trabajo y sabían leer y ejecutar en forma más o menos correcta una partitura, pero se limitaban a hacer el menor esfuerzo posible. Lo esperaba un día largo y complicado y era bueno prepararse psíquicamente pero evitando que esa conciencia se hiciera abrumadora. Finalmente se levantó, duchó y bebió una taza de té, luego volvió frente al espejo y se esmeró por alinear correctamente el nudo de su corbata y el cuello de la camisa, sabía que era imprescindible que su presencia impusiera respeto a sus subordinados.
Bajó e inmediatamente el centinela que estaba en la puerta del edificio hizo una seña; al cabo de unos segundos un auto negro se aproximó al cordón y se abrió la puerta trasera derecha, Hugo subió y trató de no pensar, pero, como previó, la intención fue inviable, su percepción de que era un prisionero lo acosaba tenazmente, y sólo podía deshacerse de ella concentrándose en su obra. Abrió el portafolio que llevaba sobre sus piernas y comenzó a repasar el primer movimiento.
El auto estacionó frente al edificio del Auditorio Nacional y Hugo descendió y caminó hacia la sala de ensayos; afortunadamente todos los músicos estaban presentes y ya estaban afinando. Fue un jornada extensa y agotadora, pero al cabo de seis horas de ensayo, con una pausa de treinta minutos para almorzar, Hugo consiguió que el primer movimiento sonara ajustadamente, y decidió dejar en libertad a los músicos. El coche lo condujo de nuevo a la casa que comenzaba a ver como una prisión de lujo, se sirvió un whisky y se tiró en un sillón. Repentinamente se puso de pie, dejó el vaso sobre la mesa ratona y se dirigió hacia la puerta, el guardia que estaba en el pasillo preguntó- ¿ A dónde se dirige, señor? No he sido informado.
-¿ Y a vos qué carajo te importa? -Sintió que el golpe le daba náuseas antes de percibir que estaba cayendo hacia atrás, luego los ángulos de la mesa ratona se le clavaron en la cintura y aulló de dolor. Oyó una voz autoritaria que se elevaba sobre el estrépito de la rotura de los vasos “No podés tratarlo así, idiota, está bajo la protección de Marinetti” y encontró aquel enunciado como la cosas más terriblemente graciosa que había escuchado en su vida, y cuando su cuerpo entró en contacto con la alfombra su boca se abrió para recuperar el aire perdido pero también para liberar una carcajada que pugnaba por encontrar su espacio.
-Pero señor, él me atacó.
-Controlarlo, no dañarlo, esa es la orden.
-Sí, señor, lo sé.
-¿ Y entonces?
-Me atacó por la espalda, señor, y tuve una reacción instintiva.
-Controle mejor sus instintos. Señor Klapenbaj, ¿ se encuentra bien?
Hugo dejó que el hombre lo ayudará a incorporarse mientras reía a carcajadas.
-¿ Está bien, señor Klapenbaj, está bien?
-Sí, estoy bien, y ustedes dos son los tipos más graciosos de Ubicuhén...
-Espero que sepa disculpar a Pedro, señor Klapenbaj. -le dijo el hombre mientras lo ayudaba a sentarse en uno de los sillones - Pero estamos viviendo tiempos difíciles todos estamos un poco tensos...
-Sí, claro. Entiendo. -respondió Hugo intentando adivinar por qué los tiempos eran difíciles para aquel par de antropoides graciosos, conteniendo la risa a duras penas.
33.
Marinetti estacionó el auto y bajó, la vastedad de la superficie vacía lo aterrorizó y empezó a tener dificultades para respirar, se apoyó en el capot, cerró los ojos y se obligo a respirar lenta y profundamente. Al cabo de unos minutos consiguió tranquilizarse y abrió los ojos; el pánico había remitido pero aún acechaba no muy lejano. El viento golpeaba con fuerza desde el Este y atravesaba con facilidad el abrigo de su sobretodo, sacó la petaca del bolsillo interior, la destapó y tomó un largo trago de cognac. El alcohol se deslizó ásperamente hasta el estómago pero le dio una reconfortante sensación de calidez. Bien, ahí estaba en la nada apenas interrumpida por pastizales o el vuelo de algún ave carroñera, los caminos eran tan imprecisos que se perdían de vista a escasa distancia. No comprendía y no comprender lo irritaba aún más que el desierto. ¿ Qué había llevado a Sara a internarse en esa región y cómo había resistido allí durante tres días? ¿ Había adivinado que él había ordenado su muerte? No, era otra cosa, seguramente era otra cosa... Un aullido lejano lo sobresaltó e inmediatamente volvió a él el pánico infantil que le producía la leyenda de las jaurías de perros cimarrones que recorrían la planicie buscando alimento, y que habían perdido todo temor al hombre, si es que alguna vez lo habían conocido. Corrió hacia la puerta del auto de la que apenas lo separaban unos centímetros, pero su cuerpo se movió con una lentitud exasperante al tiempo que la distancia se estiraba como una banda de goma. El aullido lejano se hizo más próximo y luego se transformó en una maraña disonante de ladridos y gruñidos, se volvió y pudo ver como un perro gris y robusto con las fauces chorreantes de espuma se elevaba en el aire y clavaba los dientes en la pantorrilla de su pierna izquierda. Oyó como la carne se desgarraba y el dolor agudo y repentino lo hizo aullar, estimulando al resto de la jauría que cayó con fuerza sobre su otra pierna y su espalda, saciando un apetito de meses. Antes de perder completamente la conciencia alcanzó a ver a Sara que vestida con un corpiño y una bombacha de cuero negro sonreía divertida. Es un sueño, es un sueño, no es real, se dijo Marinetti y se obligó a abrir los ojos. Vio un cielo azul y límpido y sintió la presión en sus muñecas y tobillos, levantó la cabeza y notó que estaba estaqueado con los brazos y piernas extendidos, en su cuerpo había numerosas heridas sanguinolentas, y en algunos lugares faltaba la carne hasta el hueso, elevó un poco más la cabeza y el horror le produjo naúseas: donde debían estar su pene y testículos sólo se veía un gran vacío rojo. Gritó, y el grito le permitió despertar finalmente. Estaba sentado en la cama, con las sábanas enroscadas en torno a su cuerpo, a duras penas podía respirar, consiguió ponerse en pie, y caminar hasta el baño, vomitó durante cinco minutos. Luego colocó la cabeza bajo la canilla de agua fría y la dejó correr intentando barrer con todo los restos de la pesadilla. Se secó frotándose vigorosamente con la toalla y se peinó, de a poco su pulso recobró la firmeza habitual; caminó hasta la cocina y se preparó un café. Lo bebió sentado a la mesa de la cocina mientras dejaba que sus ideas habituales tomaran el lugar que les correspondía, no era afecto al auto análisis y era perfectamente lógico para él desatenderse de cosas que no podía explicar o que no tenían ninguna utilidad práctica. Además sabía que toda esa cuestión se resolvería cuando sus agentes encontraran a Sara.
Desayunó ligeramente y se dedicó a revisar unos presupuestos, por unos minutos se sintió gratamente complacido por su eficiencia para las cuentas; hasta que llegó a la página tres y notó la diferencia entre los ingresos y el dinero disponible para las obras. No había forma de explicar esa diferencia, él, personalmente había evaluado todas las cuentas del presupuesto. Volvió a atrás en la lectura, se dijo que probablemente estaba algo dormido y había hecho mal los cálculos, pero obtuvo el mismo resultado, se puso de pie y caminó por la habitación. Finalmente, decidió llamar por teléfono a su superior jerárquico inmediato, luego de disculparse por la llamada temprana, explicó con claridad el inconveniente, luego escuchó: " Vea, Marinetti, realmente me sorprende su llamada tanto como su sorpresa, mi viejo... suponía que usted tenía bien en claro cuál es su posición en el esquema... No, no necesita aclararme nada, escúcheme.. estamos todos comprometidos en el proyecto... eso está bien claro... pero de la misma forma debe entender que el nivel de responsabilidades de los implicados en el proyecto no es el mismo y por lo tanto tampoco lo son sus necesidades... no creo que le sea muy dificultoso comprender esto y actuar en consecuencia... a propósito muy lindo su boceto para el nuevo Centro de la Cultura, muy lindo, che, siga trabajando así... y ahora lo dejo porque estoy retrasando en un compromiso ineludible, cualquier cosita, llámeme, pero tenga bien en cuenta lo que le dije antes de hacerlo. Chau, que siga bien. "
Marinetti se quedó paralizado junto al teléfono, y por primera vez en su vida se preguntó si un sueño no había sido premonitorio, luego sonrió silenciosamente e hizo un gesto afirmativo. Supo que respondía a una voluntad superior que buscaba dejar su marca y de la cual él no era más que su instrumento. Se acercó a la ventana, corrió la cortina y sus ojos se demoraron sobre los añosos árboles iluminados tenuemente por la luz de la mañana. El estupor y la angustia se habían diluido tan rápidamente como habían llegado ante la revelación súbito del curso a seguir. No iba a ser difícil demostrar que él también podía ser hábil en la manipulación de números y asignaciones; tendría que manejarse con sumo cuidado para no ser descubierto en forma inmediata, pero era un paso imprescindible para dejar de ser un subordinado, asumir su condición natural de jefe y liderar la única lucha que valía la pena llevar adelante. Los fondos serían suficientes para armar y entrenar la milicia, y llevar adelante la verdadera Refundación de Ubicuhén. Sonrió y se felicitó por haber hecho la llamada telefónica y acertar en la clarificación de las cosas.
Desayunó ligeramente y se dedicó a revisar unos presupuestos, por unos minutos se sintió gratamente complacido por su eficiencia para las cuentas; hasta que llegó a la página tres y notó la diferencia entre los ingresos y el dinero disponible para las obras. No había forma de explicar esa diferencia, él, personalmente había evaluado todas las cuentas del presupuesto. Volvió a atrás en la lectura, se dijo que probablemente estaba algo dormido y había hecho mal los cálculos, pero obtuvo el mismo resultado, se puso de pie y caminó por la habitación. Finalmente, decidió llamar por teléfono a su superior jerárquico inmediato, luego de disculparse por la llamada temprana, explicó con claridad el inconveniente, luego escuchó: " Vea, Marinetti, realmente me sorprende su llamada tanto como su sorpresa, mi viejo... suponía que usted tenía bien en claro cuál es su posición en el esquema... No, no necesita aclararme nada, escúcheme.. estamos todos comprometidos en el proyecto... eso está bien claro... pero de la misma forma debe entender que el nivel de responsabilidades de los implicados en el proyecto no es el mismo y por lo tanto tampoco lo son sus necesidades... no creo que le sea muy dificultoso comprender esto y actuar en consecuencia... a propósito muy lindo su boceto para el nuevo Centro de la Cultura, muy lindo, che, siga trabajando así... y ahora lo dejo porque estoy retrasando en un compromiso ineludible, cualquier cosita, llámeme, pero tenga bien en cuenta lo que le dije antes de hacerlo. Chau, que siga bien. "
Marinetti se quedó paralizado junto al teléfono, y por primera vez en su vida se preguntó si un sueño no había sido premonitorio, luego sonrió silenciosamente e hizo un gesto afirmativo. Supo que respondía a una voluntad superior que buscaba dejar su marca y de la cual él no era más que su instrumento. Se acercó a la ventana, corrió la cortina y sus ojos se demoraron sobre los añosos árboles iluminados tenuemente por la luz de la mañana. El estupor y la angustia se habían diluido tan rápidamente como habían llegado ante la revelación súbito del curso a seguir. No iba a ser difícil demostrar que él también podía ser hábil en la manipulación de números y asignaciones; tendría que manejarse con sumo cuidado para no ser descubierto en forma inmediata, pero era un paso imprescindible para dejar de ser un subordinado, asumir su condición natural de jefe y liderar la única lucha que valía la pena llevar adelante. Los fondos serían suficientes para armar y entrenar la milicia, y llevar adelante la verdadera Refundación de Ubicuhén. Sonrió y se felicitó por haber hecho la llamada telefónica y acertar en la clarificación de las cosas.
32.
Cuando regresó a la casa, Beatriz tomaba una taza de café sentada a la mesa de la cocina, se besaron brevemente y Agustín se sentó junto a ella y le rodeó los hombros con el brazo.
-¿ Cómo estás?
-Bien, salí a caminar para ver si me podía aclarar un poco la cabeza...
-¿ Y qué pensaste que no hayás pensado antes?
-En dejar de una vez por todas este lugar de mierda...
Beatriz apoyó la taza en la mesa y dijo irónica- Así de fácil, nos vamos...
-Yo no dije que fuera fácil.
-¿ Y qué vamos hacer con lo que sabemos, olvidarlo simplemente?
-¿ Por qué no, si no podemos cambiarlo?
-¿ Y quién dijo que no podemos?
-Mirá, me gustaría compartir tu optimismo pero no es así...
-¿ No te das cuenta que eso es lo que ellos quieren que pienses? Que no hay salida, que nada puede ser cambiado, que la única opción es el sometimiento... está bien, estoy de acuerdo, por ahí hoy no sabemos qué hacer pero no tiene porque ser así siempre... pero hoy nos queda resistir...
-Cada vez nos queda menos tiempo.
-¿ Cómo sabés eso?
Agustín le explicó el encuentro con R. y su comentario sobre las fotografías.
Beatriz lo miró sonriendo irónica.
-¿ Y ahora qué pasa?
- ¿No pensaste que ese R. puede ser un agente de ellos?
-¿ Qué?
-Ellos saben donde vivís, no es difícil entonces enviar a un tipo que te confirme lo que vos intuís o sospechás, además no viste las fotos que probarían sus afirmaciones, de todos modos, aún cuando las vieras, las fotos podrían estar trucadas...
-Es cierto, estoy hecho un idiota.
-No, Agustín, estás angustiado y confundido, no sos ningún idiota.
-Gracias por decírmelo, te voy a mostrar algo. -Agustín se puso de pie y caminó hasta el dormitorio, regresó con una foto en blanco y negro que le alcanzó a Beatriz.
-¿ Y eso qué es?
-Mi potrillo.-explicó Agustín.
-Dale, contame.
-Cuando era chico mis viejos me llevaban a Pótamos, donde vivía un tío abuelo, era aguatero y tenía cinco o seis caballos que utilizaba como animales de tiro para la pipa. Casi todos los veranos pasábamos quince días allá, era bárbaro, me llevaban a andar a caballo, a nadar en el río, a pescar. Un invierno, una de las yeguas parió y mi tío abuelo me mandó una carta con esta foto, la foto de mi potrillo. Yo entonces tendría cuatro o cinco años y me alegró saber que tenía mi caballo; un tiempo después el potrillo murió.
-Qué triste...
-Yo no sentí demasiada pena entonces, como si nunca me hubiera dado cuenta que detrás de esta cartulina había un ser animado y concreto. Esta foto se traspapeló y pasaron unos cuantos años, mi tío abuelo falleció y ya no volvimos a Pótamos. A los diecisiete la volví a encontrar y me emocionó, como si recién entonces me diera cuenta de la pérdida, el tiempo la había cargado de significados...
Beatriz lo miró pensativa intentando adivinar el proceso mental que había llevado a Agustín a recurrir a aquella foto. - ¿ Magia simpática? -preguntó.
-No sé, hay algo con las fotos si lo que dijo R. es cierto... pero no termino de verlo... pienso que de alguna forma pueden llegar a potenciar el esquema pero no sé cómo... no consigo tener una visión clara del asunto, y no es que antes la haya tenido...
-¿ Cómo estás?
-Bien, salí a caminar para ver si me podía aclarar un poco la cabeza...
-¿ Y qué pensaste que no hayás pensado antes?
-En dejar de una vez por todas este lugar de mierda...
Beatriz apoyó la taza en la mesa y dijo irónica- Así de fácil, nos vamos...
-Yo no dije que fuera fácil.
-¿ Y qué vamos hacer con lo que sabemos, olvidarlo simplemente?
-¿ Por qué no, si no podemos cambiarlo?
-¿ Y quién dijo que no podemos?
-Mirá, me gustaría compartir tu optimismo pero no es así...
-¿ No te das cuenta que eso es lo que ellos quieren que pienses? Que no hay salida, que nada puede ser cambiado, que la única opción es el sometimiento... está bien, estoy de acuerdo, por ahí hoy no sabemos qué hacer pero no tiene porque ser así siempre... pero hoy nos queda resistir...
-Cada vez nos queda menos tiempo.
-¿ Cómo sabés eso?
Agustín le explicó el encuentro con R. y su comentario sobre las fotografías.
Beatriz lo miró sonriendo irónica.
-¿ Y ahora qué pasa?
- ¿No pensaste que ese R. puede ser un agente de ellos?
-¿ Qué?
-Ellos saben donde vivís, no es difícil entonces enviar a un tipo que te confirme lo que vos intuís o sospechás, además no viste las fotos que probarían sus afirmaciones, de todos modos, aún cuando las vieras, las fotos podrían estar trucadas...
-Es cierto, estoy hecho un idiota.
-No, Agustín, estás angustiado y confundido, no sos ningún idiota.
-Gracias por decírmelo, te voy a mostrar algo. -Agustín se puso de pie y caminó hasta el dormitorio, regresó con una foto en blanco y negro que le alcanzó a Beatriz.
-¿ Y eso qué es?
-Mi potrillo.-explicó Agustín.
-Dale, contame.
-Cuando era chico mis viejos me llevaban a Pótamos, donde vivía un tío abuelo, era aguatero y tenía cinco o seis caballos que utilizaba como animales de tiro para la pipa. Casi todos los veranos pasábamos quince días allá, era bárbaro, me llevaban a andar a caballo, a nadar en el río, a pescar. Un invierno, una de las yeguas parió y mi tío abuelo me mandó una carta con esta foto, la foto de mi potrillo. Yo entonces tendría cuatro o cinco años y me alegró saber que tenía mi caballo; un tiempo después el potrillo murió.
-Qué triste...
-Yo no sentí demasiada pena entonces, como si nunca me hubiera dado cuenta que detrás de esta cartulina había un ser animado y concreto. Esta foto se traspapeló y pasaron unos cuantos años, mi tío abuelo falleció y ya no volvimos a Pótamos. A los diecisiete la volví a encontrar y me emocionó, como si recién entonces me diera cuenta de la pérdida, el tiempo la había cargado de significados...
Beatriz lo miró pensativa intentando adivinar el proceso mental que había llevado a Agustín a recurrir a aquella foto. - ¿ Magia simpática? -preguntó.
-No sé, hay algo con las fotos si lo que dijo R. es cierto... pero no termino de verlo... pienso que de alguna forma pueden llegar a potenciar el esquema pero no sé cómo... no consigo tener una visión clara del asunto, y no es que antes la haya tenido...
sábado, 1 de marzo de 2008
31.
El hombre está de pie, en silencio, en silencio, mientras espera que Marinetti concluya su conversación telefónica; está nervioso y preocupado, aspira a ascender en la estructura del servicio y teme la reacción del superior ante su informe.
Marinetti termina de hablar y se vuelve hacia el hombre expectante, no le resulta difícil inferir que no tiene nada positivo que informar. Lo conoció hace dos semanas pero su previsibilidad lo hace evidente, otro lúmpen que busca dinero y respeto a través del sistema represivo de Ubicuhén.
-Lo escucho.
-Bien, señor, detectamos la salida del objetivo por la puerta Norte y enviamos una patrulla para mantener el contacto en el desierto, pero lo perdimos. De todos modos, la supervivencia en la región es muy dura durante esta época del año, así que pensamos que el contacto se restablecerá no bien el objetivo regrese a Ubicuhén, suceso que no demorará en ocurrir.
-Ya veo, la eficiencia de su trabajo depende de factores climáticos...
-Señor, el desierto es una zona conflictiva y riesgosa y no disponemos de los medios adecuados para recorrerlo, me atrevo a sugerirle que recurra al mando de la milicia exterior si su planteo es urgente.
Marinetti suspira fastidiado y dice- No, aún no es necesario. Puede retirarse pero manténgame informado.
Beatriz se sentó en la escalinata del edificio antiguo de la Universidad y se tomó la cabeza con las manos. Así que ese era el sabor de la derrota, una mezcla de confusión, ira e impotencia; sonrió amargamente pensando que su padre se alegraría cuando se enterara de la noticia, y tal vez descorcharía una botella.
La explicación había sido patética en su escacez de fundamentos, Beatriz había intentado que la responsable develara las razones detrás de su endeble discurso pero sólo había conseguido ver el miedo como motivación. Y de esa forma había perdido la beca y se le había rechazado el informe, o viceversa, el orden cronológico no modificaba el resultado. Una buena forma de clausurar su carrera como arqueóloga en Ubicuhén.
Agustín camina de la mano de su madre por entre las tumbas, es la primera vez que va al cementerio y la multiplicidad de los monumentos funerarios lo agobia con un peso oscuro y vago, y le insinúa la ubicuidad de la muerte.
Agustín camina solo entre tumbas de lápidas gigantescas que se inclinan hacia él como si intentaran aplastarlo con su masa ciclópea, intenta encontrar el límite de la extensión del camposanto, pero no hay horizonte más allá de ángeles y cruces. Entonces, con horror, descubre que está caminando por las calles de Ubicuhén.
Agustín piensa Agustín y hay una resonancia en el vocablo, un sentido que se le escapa no bien siente que está a punto de aprehenderlo. Se da vuelta en la cama y observa a Beatriz dormir a la débil luz de la luna creciente, su sueño es tranquilo y su respiración profunda y regular. Se pregunta si ha hecho bien en inmiscuirla en toda la historia, y es una pregunta que ya lo está hartando porque sabe que es falaz y evidencia una soberbia lamentable.
Beatriz eligió cómo actuar, ella decidió por sí misma mantener la librería en funcionamiento, enfrentar la oposición de la familia y permanecer conmigo; tengo que recordarlo y no caer en la variante de macho sobre protector. Pero no soporto la idea de que algo pueda pasarle. Ya perdió la beca y estoy seguro de que fue por la consulta del libro. Roque cree que Marinetti está detrás de todo el asunto, pero no creo que ese figurín pedante tenga un poder real. O sí, pero sólo parcial y limitadamente, como si fuera el instrumento de algo o alguien que no termina de comprender; en ese sentido, pareciera que estamos en la misma situación.
Se levantó y consiguió no despertar a Beatriz, caminó hasta la cocina, cargó la pipa, la encendió y se sirvió una copa de cognac. Fue hasta el living y se sentó en el sillón frente al apagado hogar, durante un largo rato permaneció en un raro estado mental en el que no era del todo consciente de sus ideas, como si todas sus energías psíquicas estuvieran concentradas en mantener encendida la pipa y en dar pequeños sorbos al cognac, cuando decidió incorporarse ya estaba amaneciendo y sentía una dolorosa puntada en la cintura. Si había pensado que podía encontrar una respuesta a la situación en la que estaba inmerso a través de una inspiración súbita esa expectativa había quedado frustrada.
Se vistió en silencio, besó a Beatriz, se puso la campera y salió de la casa. Marchó en dirección al puente y sintió como la ira lo invadía cuando vio a un hombre en la plataforma que utilizaba como atalaya. El hombre estaba acodado en la barandilla y sacaba fotos de la estación con un teleobjetivo, Agustín subió por la escalera metálica hasta la plataforma y saludó- Buen día.
El hombre bajó la cámara y se volvió hacia él- Buenos días.
-¿ Periodista?
-No, sólo un aficionado a la fotografía. Es interesante el paisaje y parece que pasa inadvertido para la gente de por acá...
-No para todos, no creas, ¿ no sos de Ubicuhén no?
-No, vine a visitar a unos amigos...
-¿ Y qué te parece ?
-Es una ciudad rara, tiene lugares muy bellos pero dan la impresión de tener una existencia provisoria.
-No entiendo...
-Cuando te dedicás a la fotografía desarrollás una serie de aptitudes que algunas veces se pueden considerar una deformación profesional, como si todo el todo el tiempo estuvieras mirando a través del encuadre o intentando calcular el punto del foco. El otro día, mientras sacaba fotos del puerto, noté algo raro en las construcciones, como si los bordes aparecieran difusos; pensé que era una impresión mía, cansancio visual o algo así, igual saqué las fotos, y cuando las revelé confirmé la primera impresión, los ángulos exteriores de los edificios aparecieron difusos, como si hubieran comenzado un proceso de disolución... raro, pero quizá sólo tenga que ver con la composición del aire... no sé...
Agustín permaneció pensativo durante un momento intentando evaluar las palabras las palabras del extranjero, y se dijo que las cosas cada vez estaban más claras.
-Te quedaste mudo.
-Me quedé pensando en lo que me dijiste, raro eh?
El fotógrafo se quedó mirándolo atentamente.
Agustín preguntó- ¿ Por qué viniste a Ubicuhén?
-Ya te lo dije, vine a visitar unos amigos, ¿ qué, sos cana?
Agustín extendió su mano derecha- No, para nada, disculpá mi brusquedad, Agustín...
-R., mucho gusto. -dijo el hombre estrechándole la mano.
-¿ R.?
-Sí, mi viejo estaba obsesionado por Kafka. -explicó R. con resignación.
Agustín sacó la pipa del bolsillo de la campera y comenzó a llenarla, con la vista fija en la estación, dijo- R., si no querés quilombos, no mostrés tus fotos en Ubicuhén ni le comentés a nadie lo que viste...
-Me dijiste que no eras cana...
-Precisamente por eso te lo digo.
-¿ Y eso qué tiene que ver con las fotos?
-Las fotos muestran la acción de la voluntad que intenta hacer desaparecer a Ubicuhén tal cual la conocemos.
-Si no hubiera visto lo que ví pensaría que estoy escuchando a un paranoico perdido.
-Sería más correcto que pensaras que estás escuchando a un desesperado. -respondió Agustín con tranquilidad, la sensación de estar librando una batalla perdida lo había distendido plenamente.
R. encendió un cigarrillo y se volvió a acodar en la barandilla, dijo- Quién no estuvo desesperado alguna vez...
Permanecieron fumando en silencio mientras el sol se elevaba sobre las calles heladas y de vez en cuando algún tren cargado de trabajadores pasaba hacia el norte, u otro apenas ocupado cruzaba en dirección inversa.
Marinetti termina de hablar y se vuelve hacia el hombre expectante, no le resulta difícil inferir que no tiene nada positivo que informar. Lo conoció hace dos semanas pero su previsibilidad lo hace evidente, otro lúmpen que busca dinero y respeto a través del sistema represivo de Ubicuhén.
-Lo escucho.
-Bien, señor, detectamos la salida del objetivo por la puerta Norte y enviamos una patrulla para mantener el contacto en el desierto, pero lo perdimos. De todos modos, la supervivencia en la región es muy dura durante esta época del año, así que pensamos que el contacto se restablecerá no bien el objetivo regrese a Ubicuhén, suceso que no demorará en ocurrir.
-Ya veo, la eficiencia de su trabajo depende de factores climáticos...
-Señor, el desierto es una zona conflictiva y riesgosa y no disponemos de los medios adecuados para recorrerlo, me atrevo a sugerirle que recurra al mando de la milicia exterior si su planteo es urgente.
Marinetti suspira fastidiado y dice- No, aún no es necesario. Puede retirarse pero manténgame informado.
Beatriz se sentó en la escalinata del edificio antiguo de la Universidad y se tomó la cabeza con las manos. Así que ese era el sabor de la derrota, una mezcla de confusión, ira e impotencia; sonrió amargamente pensando que su padre se alegraría cuando se enterara de la noticia, y tal vez descorcharía una botella.
La explicación había sido patética en su escacez de fundamentos, Beatriz había intentado que la responsable develara las razones detrás de su endeble discurso pero sólo había conseguido ver el miedo como motivación. Y de esa forma había perdido la beca y se le había rechazado el informe, o viceversa, el orden cronológico no modificaba el resultado. Una buena forma de clausurar su carrera como arqueóloga en Ubicuhén.
Agustín camina de la mano de su madre por entre las tumbas, es la primera vez que va al cementerio y la multiplicidad de los monumentos funerarios lo agobia con un peso oscuro y vago, y le insinúa la ubicuidad de la muerte.
Agustín camina solo entre tumbas de lápidas gigantescas que se inclinan hacia él como si intentaran aplastarlo con su masa ciclópea, intenta encontrar el límite de la extensión del camposanto, pero no hay horizonte más allá de ángeles y cruces. Entonces, con horror, descubre que está caminando por las calles de Ubicuhén.
Agustín piensa Agustín y hay una resonancia en el vocablo, un sentido que se le escapa no bien siente que está a punto de aprehenderlo. Se da vuelta en la cama y observa a Beatriz dormir a la débil luz de la luna creciente, su sueño es tranquilo y su respiración profunda y regular. Se pregunta si ha hecho bien en inmiscuirla en toda la historia, y es una pregunta que ya lo está hartando porque sabe que es falaz y evidencia una soberbia lamentable.
Beatriz eligió cómo actuar, ella decidió por sí misma mantener la librería en funcionamiento, enfrentar la oposición de la familia y permanecer conmigo; tengo que recordarlo y no caer en la variante de macho sobre protector. Pero no soporto la idea de que algo pueda pasarle. Ya perdió la beca y estoy seguro de que fue por la consulta del libro. Roque cree que Marinetti está detrás de todo el asunto, pero no creo que ese figurín pedante tenga un poder real. O sí, pero sólo parcial y limitadamente, como si fuera el instrumento de algo o alguien que no termina de comprender; en ese sentido, pareciera que estamos en la misma situación.
Se levantó y consiguió no despertar a Beatriz, caminó hasta la cocina, cargó la pipa, la encendió y se sirvió una copa de cognac. Fue hasta el living y se sentó en el sillón frente al apagado hogar, durante un largo rato permaneció en un raro estado mental en el que no era del todo consciente de sus ideas, como si todas sus energías psíquicas estuvieran concentradas en mantener encendida la pipa y en dar pequeños sorbos al cognac, cuando decidió incorporarse ya estaba amaneciendo y sentía una dolorosa puntada en la cintura. Si había pensado que podía encontrar una respuesta a la situación en la que estaba inmerso a través de una inspiración súbita esa expectativa había quedado frustrada.
Se vistió en silencio, besó a Beatriz, se puso la campera y salió de la casa. Marchó en dirección al puente y sintió como la ira lo invadía cuando vio a un hombre en la plataforma que utilizaba como atalaya. El hombre estaba acodado en la barandilla y sacaba fotos de la estación con un teleobjetivo, Agustín subió por la escalera metálica hasta la plataforma y saludó- Buen día.
El hombre bajó la cámara y se volvió hacia él- Buenos días.
-¿ Periodista?
-No, sólo un aficionado a la fotografía. Es interesante el paisaje y parece que pasa inadvertido para la gente de por acá...
-No para todos, no creas, ¿ no sos de Ubicuhén no?
-No, vine a visitar a unos amigos...
-¿ Y qué te parece ?
-Es una ciudad rara, tiene lugares muy bellos pero dan la impresión de tener una existencia provisoria.
-No entiendo...
-Cuando te dedicás a la fotografía desarrollás una serie de aptitudes que algunas veces se pueden considerar una deformación profesional, como si todo el todo el tiempo estuvieras mirando a través del encuadre o intentando calcular el punto del foco. El otro día, mientras sacaba fotos del puerto, noté algo raro en las construcciones, como si los bordes aparecieran difusos; pensé que era una impresión mía, cansancio visual o algo así, igual saqué las fotos, y cuando las revelé confirmé la primera impresión, los ángulos exteriores de los edificios aparecieron difusos, como si hubieran comenzado un proceso de disolución... raro, pero quizá sólo tenga que ver con la composición del aire... no sé...
Agustín permaneció pensativo durante un momento intentando evaluar las palabras las palabras del extranjero, y se dijo que las cosas cada vez estaban más claras.
-Te quedaste mudo.
-Me quedé pensando en lo que me dijiste, raro eh?
El fotógrafo se quedó mirándolo atentamente.
Agustín preguntó- ¿ Por qué viniste a Ubicuhén?
-Ya te lo dije, vine a visitar unos amigos, ¿ qué, sos cana?
Agustín extendió su mano derecha- No, para nada, disculpá mi brusquedad, Agustín...
-R., mucho gusto. -dijo el hombre estrechándole la mano.
-¿ R.?
-Sí, mi viejo estaba obsesionado por Kafka. -explicó R. con resignación.
Agustín sacó la pipa del bolsillo de la campera y comenzó a llenarla, con la vista fija en la estación, dijo- R., si no querés quilombos, no mostrés tus fotos en Ubicuhén ni le comentés a nadie lo que viste...
-Me dijiste que no eras cana...
-Precisamente por eso te lo digo.
-¿ Y eso qué tiene que ver con las fotos?
-Las fotos muestran la acción de la voluntad que intenta hacer desaparecer a Ubicuhén tal cual la conocemos.
-Si no hubiera visto lo que ví pensaría que estoy escuchando a un paranoico perdido.
-Sería más correcto que pensaras que estás escuchando a un desesperado. -respondió Agustín con tranquilidad, la sensación de estar librando una batalla perdida lo había distendido plenamente.
R. encendió un cigarrillo y se volvió a acodar en la barandilla, dijo- Quién no estuvo desesperado alguna vez...
Permanecieron fumando en silencio mientras el sol se elevaba sobre las calles heladas y de vez en cuando algún tren cargado de trabajadores pasaba hacia el norte, u otro apenas ocupado cruzaba en dirección inversa.
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